Día de Mandela: “Su legado nos inspira el humanismo que necesitamos para el siglo XXI”

18 julio, 2018

Archivo Después de 27 años de prisión, el símbolo de la lucha de Sudáfrica por la liberación, Nelson Mandela, fue liberado.

Discurso  pronunciado por el Director del Centro de información de la ONU en México, Giancarlo Summa, en la ocasión del Día Internacional de Nelson Mandela, en el Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.

Es un privilegio y un honor, estar aquí representando la Organización de las Naciones Unidas para celebrar la figura de Nelson Mandela, en los 100 años de su nacimiento, y para reflexionar juntos sobre lo que representa hoy el legado histórico de Mandela y de las décadas de su vida que él dedicó a la lucha para la libertad y la igualdad y contra las injusticias.

Todos sabemos algo, o ya escuchamos algo, sobre Mandela y su increíble trayectoria personal y política, que lo llevó de la militancia armada contra la apartheid – la segregación racial impuesta por los blancos – a la presidencia de Sudáfrica y al empeño para la reconciliación nacional y a la construcción de una sociedad multiétnica, después de 27 largos años pasados en la cárcel.

Mandela fue, y justamente así es considerado, uno de los gigantes del siglo XX. Como dijo cierta vez el filósofo camerunés Achille Mbembé, “Por los cinco continentes, su nombre es sinónimo de resistencia, liberación, universalidad”.

Hoy, cinco años tras su muerte, Mandela es un símbolo universal.

La palabra “símbolo” viene del griego symbolon: significa “lo que une”. En el caso de Mandela, lo que nos une a todos en la búsqueda de un mundo mejor y más justo.

Pero, si queremos repensar en lo que Mandela representa y en lo que su ejemplo puede nos inspirar en la lucha por la libertad y la igualdad en el mundo contemporáneo, es fundamental hablar de quien él realmente fue a lo largo de toda su vida, más que de la imagen que se construyó de él en la fase final de su vida.

El apartheid duró tanto, hasta el año 2000, porque la elite branca de Sudáfrica, en su mayoría, combatió hasta el final, con extrema violencia, para preservar el régimen racista. Pero también porque muchas de las grandes potencias apoyaron el régimen sudafricano como un baluarte en la lucha contra el comunismo. Aún en la década de 1980, quiero recordarlo, el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan y la primera ministra de Gran Bretaña Margaret Thatcher se opusieron al movimiento internacional contra el apartheid y despreciaron abiertamente a Mandela, a quien definían como “terrorista” y se opusieron a su liberación de la cárcel.

Si el apartheid fue derrotado, Mandela fue liberado y electo presidente por el voto popular fue gracias al empeño, la lucha y el coraje de millones de sudafricanos – negros, en su mayoría, pero también blancos que eligieron el lado justo de la trinchera. Y también gracias a una extraordinaria campaña internacional de movilización, llevada adelante en el ámbito de la Organización de las Naciones Unidas. 

Por décadas, a partir de 1950, la ONU contribuyó a la lucha mundial contra el apartheid, llamando la atención mundial sobre la inhumanidad del sistema, legitimando la resistencia popular, promoviendo acciones por parte de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, instituyendo el embargo de armas y apoyando el embargo de petróleo y boicots del Sudáfrica racista en muchos campos.

Esta es una primera lección fundamental que nos sirve por el día de hoy. Solo la lucha, popular y política, permite alcanzar resultados de transformación social y política profunda. Objetivos que pueden parecer hasta irreales.

Es decir, hay que insistir y perseverar, usando todos los instrumentos a disposición.

Mandela no fue un santo, él fue algo mucho más prosaico e importante: fue un político.

Él contribuyó de forma determinante al derrumbe del apartheid y creó una Sudáfrica democrática multirracial sabiendo exactamente como hacer la transición entre sus papeles a lo largo de la vida, según las necesidades: como guerrero, como mártir, como diplomático y estadista, y finalmente, como padre de la patria del Sudáfrica moderno.

Mandela no fue un teórico y siempre demostró incómodo con conceptos filosóficos abstractos. Él hacia política y fue un maestro de la táctica. Y fue perseverante.

Como dijo el proprio Mandela: “siempre hay algo que parece imposible hasta que se hace”.

Podía parecer imposible derrumbar al apartheid.

Mandela se volvió un mito al destruir, como él mismo dijo, el “mito de la invencibilidad de los opresores blancos”.

El hombre Mandela – Madiba como lo llamaban los más cercanos – ha demostrado ser digno del mito.

Él supo cómo superar la venganza, el interés partidista, para salvar a un país que se estaba hundiendo en la guerra civil. Y lo ha logrado, aunque el Sudáfrica post-apartheid todavía no ha superado todos los inmensos retos sociales y políticos heredados de la segregación racial. Pero el Sudáfrica es, desde el fin del apartheid, un país democrático, multirracial, que volvió en la comunidad de las naciones y es un activo defensor del multilateralismo y de los principios universales de las Naciones Unidas. Es, por tanto, un país con futuro.

Y esta es una segunda lección que Mandela nos dejó para los días actuales. Los países solo pueden progresar cuando los derechos de sus pueblos son respectados, cuando no hay discriminaciones, cuando no hay opresión. No hay dictadura, por más armada y feroz, que dure para siempre contra la voluntad de la mayoría.

O como dijo un gran amigo de Mandela y aliado incuestionable de la lucha contra el apartheid, Fidel Castro, “solo perdura lo que el pueblo defiende”.

Mandela encarnó y encarna la reconciliación y la esperanza de la unidad de los pueblos.

En Mandela, Sudáfrica ha encontrado su imagen, su modelo: una comunidad de vida después del apartheid.

Mandela ha cumplido su “misión” histórica al permitir una transición pacífica, el comienzo de la reconciliación y la construcción de instituciones democráticas.

En 1995, ya presidente, Mandela creó la Comisión Nacional de la Verdad y la Reconciliación, presidida por Desmond Tutu, otro ganador sudafricano del Premio Nobel de la Paz y activista incansable contra el apartheid.

Desmond Tutu explicó el sentido de la Comisión de forma sencilla: “Sin perdón, no puede haber futuro. Pero sin confesión, no puede haber perdón”.

La construcción de un nuevo país no puede basarse en la venganza, pero no puede haber reconciliación sin establecer la verdad. Los culpados deben admitir sus actos y pedir perdón por sus crimines. La reconciliación no es olvido: es, al contrario, un proceso activo en que la sociedad descubre exactamente lo que pasó y decide caminar hacia un nuevo rumbo. El “nunca más” se hace política de estado.

De manera de alguna forma similar al México de hoy, en 1990, miles de víctimas del gobierno sudafricano del apartheid buscaban a sus padres, hijos, hermanos que habían desaparecido. El nuevo gobierno de Mandela ofreció a las victimas la verdad, y al país la reconciliación. 

Hoy más que nunca, el mundo necesita reconciliación, verdad, justicia.

Hoy el mundo se ve, horrorizado, retornando a los fantasmas de la barbarie: discursos de odio, desunión, exclusión, rechazo de una parte de la humanidad denigrada como inferior, indigna de solidaridad. Por el color de su piel, por su religión, por su país de origen.

Estamos asistiendo al retorno de la dominación más brutal, a la violencia más salvaje, a la negación de la solidaridad. La serpiente del odio global parece estar lista a salir del cascarón. Y tenemos que impedirlo a cualquier costo.

Y esta es la tercera lección que nos dejó Mandela.

Frente a una de las últimas grandes barbaridades del siglo XX, la lección de Mandela, eminentemente humanista, fue: en tiempos de crisis, confíe en los lazos humanos.

Basó su filosofía política en el ubuntu, un concepto específico de la cultura xhosa y zulu. Es una noción de hermandad basada en un sentido de pertenencia a una humanidad más amplia.

El ubuntu ha sido la respuesta humanista para superar el apartheid, un régimen anclado en un sistema de separación de los seres según su color, su origen, su sexo.

El mismo año que fue decretado el apartheid, en 1948, fue también proclamada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en París.

A través de ella, los países reunidos en la Asamblea General de las Naciones Unidas decretaban los principios inversos del apartheid, como un ideal común para todos los pueblos y naciones.

Dice el artículo 2 de la Declaración Universal: ” Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.”

Esta Declaración celebrara este año su 70 aniversario. El apartheid murió en 1994 con la elección de Mandela a la presidencia de Sudáfrica, gracias al coraje y la determinación de Mandela y de millones de sudafricanos.

Gracias a él y tanto otros, la Declaración Universal de Derechos Humanos sobrevivió. Pero debemos defenderla, todos los días.

En un mundo que construye muros, tenemos que inspirarnos en los que construyeron puentes. Los que defendieron una idea de la familia humana unida. Una humanidad siempre por construir.

Es la razón por la cual la ONU fue fundada.

El 18 de julio de 2009, hace exactamente nueve años, el entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, calificó a Mandela de “la encarnación viva de los más altos valores de las Naciones Unidas”, por su compromiso con una Sudáfrica democrática y multirracial; su tenaz búsqueda de la justicia; su voluntad de reconciliarse con los que más lo persiguieron.

 La muerte de Mandela marcó simbólicamente el final del siglo XX; su herencia nos inspira el humanismo que necesitamos para el siglo XXI.

 

 

 

 

 

 

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